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miércoles, 1 de abril de 2020

La Gigantomaquia del Altar de Pérgamo (y 2)

Altorrelieves de Zeus y Atenea. Museo de Pérgamo. Berlin.

En el extremo norte de la cara este del altar se encuentran los dos altorrelieves más famosos y de mayor calidad a juicio de los expertos, los dedicados a las deidades titulares, Zeus y Atenea. Pero antes de analizarlos, veamos los que les preceden y que continúan el de Hécate y Artemisa con los que concluimos la anterior entrada.


Leto lanza la llama de su antorcha contra Ticio, el gigante que intentó violarla y que fue condenado a los infiernos donde sufriría el eterno castigo de que su hígado fuera devorado por buitres.



A su lado combate su hijo Apolo que, con un gesto de gran majestuosidad que enfatiza el admirable modelado del torso, sostiene el arco todavía vibrante cuya flecha acaba de alcanzar al gigante, que tal vez sea Efialtes.

La postura idealizada y la belleza de Apolo recuerda tanto a la estatua clásica del escultor Leocares, de unos 150 años antes del friso, y que puede haber sobrevivido en una copia de la época romana, el famoso Apolo de Belvedere, y  una de metopas sur del Partenon de Atenas. 
Metopa sur XXVII del Partenon de Atenas. Museo Británico
Derecha: Apolo del Belverede, Museos de Vaticano


La parte central del lado este es la mas deteriorada de esa cara: el protagonismo aquí le corresponde a Demeter y a Hera, aunque entre ellas también aparece Iris, la mensajera de alas doradas. La identificación de la diosa oponente al gigante caido con Ceres/Demeter es dudosa, porque sabemos que no participó en la Gigantomaquia por sus afinidades con Gea. El ala se relaciona, sin duda, con Isis.  Por su parte Hera entra en la batalla en su carro arrastrado con los cuatro caballos alados se identifican como las personificaciones de los cuatro vientos Noto o Austros , Bóreas , Céfiro y Euro.


A los pies de los caballos podemos ver una de la escasas alusiones a campañas militares contemporáneas al reinado de los atálidas: se trata de la estrella de Macedonia o sol de Vergina en el escudo redondo del gigante, un símbolo religioso usado como emblema de la dinastía argéada, que representa a los cuatro elementos y a los doce dioses del Olimpo.


El relieve de Zeus, de gran maestría compositiva y de gran calidad técnica, es la apoteosis del helenismo barroco. En una gran sacudida cósmica e impulsándose hacia atrás para atacar, Zeus blande el rayo con su mano derecha y con un gesto victorioso extiende su brazo izquierdo armado con la égida; su manto flotante, de pliegues profundos, deja al descubierto un torso poderoso. Ya dos gigantes han sido fulminados por el arma divina. Solo el gigante Porfirion aún resiste. Apoyado en sus anillos de serpiente, orgullosamente amenaza al dios con su brazo envuelto en una piel de animal. 


Reconstrucción del altorrelieve.


Atenea comparte con Zeus el lugar de honor y su victoria se escenifica con la misma magnitud. Armada con su escudo en el brazo izquierdo, la diosa acaba de derrotar a Alcioneo, un joven gigante alado, a quien sujeta de su cabello. El gigante, mordido en el pecho por la serpiente de Atenea, eleva al cielo un rostro lleno de angustia y con un gesto instintivo agarra el brazo de la diosa. Frente a él, un busto de mujer desaliñada emerge del suelo: es Gea, su madre, quien pide piedad en vano, porque una Victoria, volando sobre campo de batalla, consagra el triunfo de Atenea poniendo una corona en su casco. 


Reconstrucción del altorrelieve.





Alcioneo pugna con Atenea mientras es atacado por la serpiente de la diosa.
El lado este del friso terminaba con la figura de Ares luchando en su carro. No queda gran cosa: caballos encabritados de soberbia planta, pisoteando el cuerpo de un gigante caído.

La transición al lado norte se hace a través de Afrodita, amante del dios de la guerra, y a partir de ahí se despliegan otros dioses de la guerra hasta llegar a los dioses nocturnos y oscuros en la parte central que enlazan a través de las Hespérides (que cuidaban del extremo occidente) con Poseidón, comenzando así el ciclo de los dioses marinos que giran por el ala NO de la escalera.


Fobos y Deimos, hjos de Ares, en pleno combate.
A la izquierda, Afrodita pisa al  gigante Ctonio. 



Aunque por esta cara norte desfilan la diosa alada Enyo, la compañera de Ares, las tres Moiras o diosas del destino, las Gorgonas y su madre, la diosa Ceto, y el dios marino Poseidón, que aparece junto a su carro tirado por caballitos de mar, la figura más elegante que aparece en el friso el la diosa Nix*, que sostiene un recipiente lleno de serpientes listo para ser lanzado sobre su rival. El jarrón representaría la constelación de la Copa o el Cráter, y la serpiente la de Hydra. Así, por un simbolismo que no puede ser ignorado, ni por su originalidad ni por su valor poético, el artista le ha dado a la Noche como arma las estrellas arrancadas de la bóveda celeste.


En el brazo norte del altar se reúnen las deidades del mar. En la parte frontal oeste , Tritón , representado con torso humano, alas, cuerpo de pez y patas delanteras de caballo, y su madre Anfítrite luchan contra varios gigantes.

Finalmente, en la pared de la escalera, el friso se llena con las figuras de Nereo y la oceánide Doris, seguidos por Océano y probablemente Tetis, su esposa. En la parte más angosta, donde los escalones reducen el espacio, un águila volando extiende sus alas anchas, motivo similar al que ocupa el mismo lugar en la otra pared. Así el friso comienza y termina con una figura idéntica, la del pájaro querido por Zeus, como si el artista hubiera querido recordar, con este doble símbolo, la dedicación de Gran altar.


Terminamos recordando que esta maravilla escultórica estaba totalmente policromada y que probablemente la disposición cromática presentase un simbolismo claro: el ciclo de Dionisos en verde, el de Cibeles en marrón, las divinidades solares en amarillo, el ciclo de Leto en azul claro, Zeus con su clámide roja, las deidades nocturnas que se situaban en la cara norte en tonos negros y el ciclo de los dioses marinos en azul oscuro.
Reconstrucción de ceremonia en el Gran Altar donde se puede onservar la policromía del friso
fuente: 
https://archaeologyillustrated.com/

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* Hay dudas sobre la identificación de esta figura. Algunos investigadores la consideran una de las Erineas, las diosas de la venganza. Otros, tienden a pensar que se trata de Cloto (la más joven de las tres Morias). Hay incluso quienes  veen en ella a Perséfone. 

* Una lectura recomendada para concluir esta incursión en el Pérgamo de la Antigüedad es la novela Las cartas de Pérgamo de Bruce W. Longenecker. En ella através de una correspondencia imaginaria, un noble romano llamado Antípas, cuyo nombre aparece en la carta dirigida a esta iglesia en el Apocalipsis, escribe a Lucas, el autor del Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles sobre el misterio de los orígenes del cristianismo y su cosmovisión contraria al modo de vida romano.

lunes, 23 de marzo de 2020

La Gigantomaquia del Altar de Pérgamo (1)

Pero si espectacular es la arquitectura del Altar de Zeus, lo que realmente ha dado fama universal al monumento son sus dos frisos con relieves, en especial el exterior, que representa una Gigantomaquia, que rodea todo el zócalo superior del edificio y que es el más largo conservado de la antigua Grecia después del friso del Partenon (tiene 113 metros de largo y 2,30 metros de altura). Estaba dividido en 100 paneles, de los que se conservan 84 en el museo de Berlín. 
El friso de Gigantomaquia representa la batalla cósmica de los dioses olímpicos contra los Gigantes , los hijos de la diosa primordial GEA

Las diversas explicaciones propuestas para la temática del friso parten para su análisis de la Teogonía de Hesíodo, un poema del siglo VIII-VII aC., que es una de las más antiguas versiones del origen del cosmos y del linaje de los dioses de la mitología griega. Sin embargo, es Apolodoro, un mitógrafo del siglo II dC en su Biblioteca, quien proporciona la versión más completa de la historia, narrando la lucha sostenida por Zeus, apoyado por las divinidades olímpicas, contra los gigantes, hijos de la Tierra (Gea) y del Cielo (Urano), que se habían sublevado contra él por haber encerrado a sus hermanos, los Titanes, en las abismales profundidades del Tártaro. La presencia de Heracles, en lugar muy cercano al padre de los dioses, se debe a una predicción oracular, en la cual la victoria de los olímpicos sólo se producirá en caso de que un mortal accediera a apoyarles. No debe confundirse la lucha de los olimpícos conntra los Titánes, que la precedió, con la Gigantomaquia.    Así se narra la Titanomaquía, que no fue muy popular en Grecia y Roma por considerarse un combate maldito de hijo contra padre:

“Cuando Zeus creció, tomó como compañera a Metis, hija de Oceáno. Esta  dio de beber a Cronos un brebaje que le hizo vomitar la piedra y luego a los niños que había tragado, y con sus ayuda Zeus libró la guerra contra Cronos y los Titanes. Lucharon durante diez años, y  Gea le profetizó la victoria si contaba como aliados con los que habían sido arrojados al Tártaro. Entonces él …desató sus ataduras. Y los Cíclopes le dieron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo, a Plutón el yelmo y a Poseidón el tridente. Armados con estas armas, los dioses vencieron a los Titanes, los encerraron en el Tártaro y les pusieron como vigilantes a los hecatonquiros. Los vencendores echaron a suertes el poder, y a Zeus se le asignó el dominio del cielo, a Poseidón el dominio del mar y a Plutón el dominio en el Hades” (Ap. Bib.,I,I,7, I, 2,1)



Giulio Romano Techo de la sala de los gigantes en el Palazzo Te, Mantua


Por el contrario la batalla entre dioses y gigantes fue un tema  tan popular en el arte griego que entre los siglos VI y IV a. C. hay más de 300 muestras de cerámica o de relieves en las que se representa el asunto. El relato tiene un contenido político evidente, de la lucha de la razón, del estado, contra el caos. Tanto los griegos como el resto de las civilizaciones lo utilizarán como justificación de su orden político y moral. Y en ese sentido también se empleará de advertencia contra rebeliones intestinas. Así lo hemos de interpretar en los siglos renacentistas, cuando se empieza a consolidar el poder de los estados modernos.

Parece que fue Crates de Malos el responsable del programa iconográfico. Para ello se basó en un libro, hoy perdido, sobre gigantes de Cleantes de Aso,  filósofo de la escuela estoica y discípulo y sucesor de Zenón de Citio.


El ala SW representa a Dioniso, el divino ancestro de los atálidas, acompañado de su cortejo (ninfas, sátiros, y su madre Sémele, que guía un león a la batalla). Mitad mortal, Dioniso debe superar una serie de aventuras para ser aceptado por los olímpicos como uno de ellos.
Vestido con la pardalis o piel de pantera, la figura de Dionisos, con un mágnifico trabajo en los pliegues, es una de las mejores de todo el friso.

El lado sur comienza con Rea / Cibeles. Con arco y flecha cabalga a la batalla en un león. A la izquierda se puede ver el águila de Zeus con un haz de rayos en sus garras. Junto a Rea, tres de los inmortales luchan con un poderoso gigante de cuello de toro. La primera, una diosa que no ha sido identificada, aunque se ha propuesto bien Andrastea, una ninfa cretense, a quien Rea confió al infante Zeus para que lo protegiese de su padre Crono y lo criase en la cueva Dictea, bien la diosa primordial Nix (Noche). Le sigue Hefesto/Vulcano, el amigo de Dioniso, que levanta un martillo de dos cabezas en alto. Sigue otro dios arrodillado no identificado que clava una lanza en el cuerpo de un gigante anguípodo.




La parte central del lado sur, muy mal conservada, representa a los dioses astrales: Eos, la Aurora,  "de sonrosados dedos", como dice Homero (*), cabalga en su montura, cuyas riendas sostiene con la mano derecha, mientras que con la izquierda dirige contra un gigante la llama de su antorcha. Es con la misma arma que lucha Helios. El joven dios, vestido con la larga túnica de los aurigas, sostiene con una mano las riendas de su caballo que se encabrita, y golpea con su antorcha a un joven gigante de forma humana, musculado como un atleta.



Selene



En medio de sus hijos sigue la titánide Tea, “de muchos nombres” como la llama Píndaro. Junto a su madre, de espaldas al espectador, la diosa de la luna Selene cabalga sobre un caballo, y presenta una abundancia de pequeños pliegues en su vestido, que descubre el contorno de un hombro desnudo. Esta figura encantadora, que está iluminada por un rayo ático de gracia, es de excelente ejecución. Otro gigante antropomorfo separa a madre e hija en una composición que se repite.

Muy destruida, la figura de una mujer alada podría representar a la diosa del día, Hémera, "la de las alas blancas” como la llama Eurípides; Detrás, su hermano, Eter, con la apariencia de hombre robusto, afixiando en sus brazos al gigante León, ser fantástico con la cabeza de león, manos armadas con garras afiladas y patas de serpiente; Después, Urano, de edad provecta, combate con espada y escudo, desplegando dos largas alas; a su lado, una de sus hijas, la titánide Themis, diosa de la justicia.

En el último tercio del lado sur se inicia el ciclo de Leto, madre con Zeus de los gemelos Apolo y Artemisa. El alumbramiento de estos y su persecución por Hera darán lugar a hermosos mitos. El grupo  muestra a la titánide Febe, hermana de Themis, y madre de Leto y Asteria, la madre de Hécate. Coronada con una diadema, con el pelo suelto, Febe blande, como una lanza, una antorcha larga, cuya llama ardiente dirige hacia la cara de un gigante alado. Asteria, con un quitón dórico, hunde su espada en la garganta de un gigante arqueado sobre sus anillos de serpiente, donde el perro de la diosa, una bestia de piel rizada, hunde sus colmillos con furia.


La fachada oriental, la mejor conservada y la primera que se veía cuando se accedía al recinto, agrupa a casi todos los grandes dioses olímpicos y está consagrada a la glorificación de los titulares del altar: Zeus y Atenea. Entre los grupos precedentes y los de Zeus y Atenea, la transición se realizó hábilmente: Las deidades délficas y Hécate formaron el vínculo natural entre las divinidades de la luz y el señor del Olimpo.
Hécate, la diosa de hechicería y de las encrucijadas, lucha contra el gigante anguípedo Clitios, mientras que Artemisa, hija de Leto ataca al bello gigante Oto. El perro de la diosa muerde a otro anguípedo.

Traducir la triple naturaleza de Hécate sin alterar la belleza de la forma, sin oponer a los gigantes una divinidad tan monstruosa como ellos mismos, era un problema bastante difícil. 

El escultor lo resolvió felizmente o, por decirlo mejor, lo esquivó hábilmente. Los tres cuerpos de Hécate están como superpuestos, tan hábilmente que se necesita un esfuerzo de atención para distinguirlos. Primero vemos una divinidad de espaldas, armada con un escudo y blandiendo una antorcha; en segundo plano, otra armada de lanza; en el tercero, una cabeza con casco y un brazo con una espada. Esta triple línea de diosas representa la triple Hécate, y por lo tanto, se respeta la precisión mitológica sin que la estética padezca, ya que la figura elegante con paños en movimiento acapara la mirada. 


En el grupo siguiente, el escultor se inspira en la leyenda contada por Apolodoro , según la cual uno de los alóadas, el gigante Oto, se había enamorado de Artemisa, la cazadora divina. El gigante, un hermoso efebo con casco y armado con la lanza y escudo, queda sorprendido al ver la belleza de la diosa, que, implacable, le dispara una flecha mortal, mientras que uno de los perros de su jauría hinca sus colmillos en la nuca de otro gigante, ya vencido.


Quizás se trate de Aigaion o Aegeon, uno de los tres hecatonquiros (probablemente Briareo que según Homero se llama Aegaeon -"cabra"-, una deidad marina e hijo de Poseidón. Es el perro de la diosa Artemisa el que acaba con él.


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(*)    "Al día siguiente, al despuntar la Aurora de rosados dedos,.." 
           Homero, La Odisea, canto XII

        “Eos, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a                         los dioses y a los hombres”
           Homero, La Iliada, canto XIX

domingo, 22 de marzo de 2020

El Gran Altar de Zeus en Pérgamo, la octava maravilla de la Antigüedad

Reconstrucción del Altar de Zeus en el Museo de Pérgamo. Berlín.

El Gran Altar de Pérgamo -trasladado a Berlín y reconstruido allí su frontal y sus frisos- es junto al Partenon de Atenas, la obra cumple de la civilización helenística.


Al sur del templo dedicado a Atenea Polias, pero a un nivel más bajo, se elevaba el gran altar de Zeus Soter, dedicado también a Atenea Nicéfora. 


Constituyó la culminación del refinamiento artístico de la corte helenística de los atálidas y formó parte del aparato propagandístico del reino de Pérgamo. Muestra la preferencia asiática por el orden jónico, originario de la región, por la espectacularidad y el efecto escénico de las grandes columnatas y los majestuosos tramos de escaleras, y por una mayor libertad, perfeccionamiento y ornamentación de las antiguas formas constructivas griegas.


Aunque como dice el profesor Wolfgang Radt, "Nada en la investigación es indiscutible en esta famosa obra maestra del arte de Pérgamo, ni el constructor, ni la fecha, ni la ocasión, ni el propósito de la construcción", podemos asegurar que se construyó durante el reinado de Eumenes II, entre los años 180 y 160 a. C. y que en ella pudieron trabajar los arquitectos Menécrates de Rodas o Hermógenes de Magnesia, y el artista ateniense Filomacos, el séptimo y último de los siete grandes escultores griegos, a quien Plino atribuye los Monumenta Attalidium.
Restos del Altar de Zeus in situ
Respecto al motivo de su construcción, al principio se creía que se erigió para celebrar una batalla contra macedonios o seleúcidas. Esta idea se ha abandonado y hoy se piensa que, además de su dimensión propagandística de legitimación dinástica, su construcción se relaciona con la instauración en el 181a.C. de unas fiestas anuales en honor de Atenea Nicéforas (la que conduce a la victoria) para evocar la contribución de la diosa en guerra con los gigantes. Por tanto, en ese sentido debe interpretarse el programa iconográfico de su gran friso,  la Gigantomaquia, que conmemora un evento cosmológico de importancia moral general, en el sentido de la filosofía estoica, que representa la lucha del principio del bien y lo justo -los dioses olímpicos y sus asistentes- contra el mal -las fuerzas caóticas de la naturaleza en forma de gigantes nacidos en la tierra-.
El altar se situaba a medio camino entre el templo de Atenea y el de Zeus, y su función era sacrificial, aunque no se han encontrado numerosos restos de las víctimas de los holocaustos. Tal vez sólo se dedicase a libaciones, es decir, ofrenda de sacrificios en forma de incienso, vino y frutas.

Con el Helenismo las proporciones de los edificios experimentan un cambio notable: se vuelven más grandes. Los altares, que antiguamente eran pequeños y se erigían ante los templos, ahora se convierten en construcciones independientes que buscan la monumentalidad y la manifestación escenográfica del poder de los monarcas. Dentro de ellos destacan los denominados altares de columnas de los que conocemos otros dos ejemplos, el de Priene y el de Magnesia , que desgraciadamente no se han conservado, pero que también presentaban una planta en forma de letra PI.


El altar propiamente dicho (rectangular) se erguía en un patio porticado con dobles columnas y descubierto sobre una grandiosa estructura arquitectónica de forma casi cuadrada (34x36 mts) y también perístila. 
El conjunto descansaba sobre una plataforma de 5 gradas (crepidoma), sobre la que se alzaba un doble podio en desnivel, delimitado por una cornisa en voladizo. El zócalo superior estaba revestido con un inmenso friso que rodeaba todo el exterior del edificio (120 m. de longitud por 2.30 m. altura). Por encima de otra cornisa se situaban las columnas y el entablamento.



El orden jónico, cuyo origen Vitrubio sitúa en el famoso santuario de Artemisa en Éfeso (s. VI a. C.), será seña de identidad de la arquitectura en Asia Menor a partir del siglo IV a. C., cuando el célebre arquitecto Piteo lo emplee en Mausoleo de Halicarnaso. La elección del orden jónico como elemento constructivo del gran altar de Pérgamo obedecía, por tanto, a las más eruditas reflexiones sobre arquitectura de la época, a la vez que a la exaltación de la propia tradición.
El tejado se decoraba con estatuas de grupos de cuatro caballos, leones atacándose, grifos, centauros y especies de gárgolas inacabadas. En la terraza del altar se encontraron esculturas de diosas cuya ubicación sigue siendo objeto de discusión: ¿intercolumnios o en el tejado?
Maqueta del Altar de Zeus. Museo de Pérgamo. Berlín.

En resumen, la ordenación arquitectónica de esta maravilla aunaba principios constructivos puramente griegos con innovadores contrastes en la disposición del espacio, fruto de la imaginación oriental y de la atrevida concepción artística del momento. Así, la horizontalidad de su cuerpo inferior, con su amplio pedestal y su zócalo de perfil escalonado, contrastaba con la esbeltez de la columnata superior, logrando un efecto armónico, tan solo quebrado por la decidida irrupción de la escalinata central. Por otro lado, el circuito de 90 columnas, que ceñía el conjunto, aunque evocaba el contorno de un templo períptero, por su disposición porticada pudo estar inspirada en la stoa.
Recontrucción de la entrada del altar de Zeus en el Museo de Pérgamo, Berlín.

lunes, 16 de marzo de 2020

El gálata moribundo























El galo o gátata moribundo fue una de las obras de la Antiguedad más admiradas e inmitadas. Hoy sólo conservamos esta copia romana en los Museos Capitolinos de Roma, pero sabemos que el original, probablemente de bronce, formaba parte de un grupo escultórico erigido en la acrópolis de Pérgamo.

En efecto, fue Atalo I, el primer miembro de la dinastía real que se proclamó basileo, quien tras derrotar definitivamente a los gálatas en una gran batalla (230 aC), que le dio enorme prestigio -se otorgó por ello el título de SOTER-, la conmemoró con una serie de exvotos a Atenea Nicéfora, colocados frente a su templo a manera de  grupos escultóricos que representaban a los galos vencidos. 
Maqueta del acrópolis de Pérgamo. Aparece remarcado el santuario de Atenea Polias Nicéfora, el más importante y antiguo de la acrópolis. Además del templo de la diosa, el recinto albergaba la famosa biblioteca de la ciudad y en su temenos se situaban los conjuntos escultóricos dedicados por los reyes a la divinidad que tantas victorias les había otorgado.


Este pueblo guerrero a quien también se denominaba “celtas” (οἱ Κελτοὶ), como nos recuerda Pausanias, tras saquear el norte de la Hélade, se había asentado en el centro-norte de Anatolia, lo que luego los romanos convertirían en la provincia de Galatia, en torno a su capital Ancira (Ankara). Desde allí se dedicaban al fructífero negocio de la extorsión: cobraban un tributo a las ricas poleis griegas de la costa a cambio de "protección", es decir, de no ser atacadas.

Pues bien, de todos los exvotos que dedicó el rey de Pérgamo a la diosa protectora de la ciudad para conmemorar esta gran victoria sobre tan odiosos enemigos, el principal de ellos, de forma circular y del que formaba parte nuestro galo moribundo, tenía esta inscipción en su base:

“El rey Atalo, tras haber derrotado a los galos tolistuageos en las fuentes del río Caico, dedicó esta obra como ofrenda de gratitud a Atenea”
Reconstrución del monumento de los galos y su localización en el santurio de Atenea Polias en la acrópolis.

Átalo I contrató al gran escultor de la época, Antígono de Caristo, y también a Epígono de Pérgamo, que realizaron una obra maestra de seis figuras con el jefe galo suicidándose en el centro. Esta figura central del monumento, de la que también se conserva una copia romana, el famoso Gálata Ludovisi, es quizá la más conocida del grupo escultórico. No obstante, nuestra preferencia es el gálata moribundo, ese guerrero representado con gran realismo, con cabellera y bigote al estilo galo y un torque en el cuello, que lucha contra la muerte, negándose a aceptar su destino.  Es, quizá, este pathos, representanto el último aliento, lo más impactante de la escultura.
Cuenta Julio César  en su relato de las guerras en las Galias que los galos iban desnudos al combate, exceptuando sus armas, y Diodoro Sículo relata cosas similares: "Algunos utilizan petos metálicos, mientras que otros van completamente desnudos al combate, confiando únicamente en la protección que brinda la naturaleza". 
Lo cierto es que nuestro galo moribundo  aparece completamente desnudo, al modo de un héroe griego, lo que permite un estudio virtuoso de su anatomía, en la que se tensan los músculos en busca de ese aire que ya no llega a los pulmones. Su herida mortal, muy visible en el costado, muestra la intención del escultor de representar el último momento de dolor y agonía ante una muerte inminente.


Además del triunfo de la civilización sobre los bárbaros (idea fundamental en el arte griego), la obra también muestra el valor de los vencidos, el autocontrol frente a la muerte y la nobleza de este pueblo extranjero.


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  • La interesante etimología de Galo, Gálata y Celta, explicando por qué es falsa la opinión de Ovidio que los hace derivar de gala, galaktos (leche, de leche), en referencia a la blancura de su piel.

  • Vídeo en alemán sobre el santuario de Atenea con el monumento de los galos y la famosa biblioteca:

sábado, 14 de marzo de 2020

Pérgamo, la Atenas de Asia Menor

Pintura de la Acrópolis de Pérgamo de Friedrich von Thiersch en 1882



"Pero lo que llama la atención de inmediato es la acrópolis, de gran magnitud, magnífica desde lejos, por todos lados, que es, por así decirlo, una especie de cumbre común de la provincia”
Elio Aristides, Discursos, XXIII, 13



Así describe la parte alta de Pérgamo el eminente sofista y orador griego Elio Aristides en el siglo II de nuestra era, cuando era ya una ciudad de la provincia romana de Asia. 

Sin embargo, este esplendor se originó tiempo atrás, concretamente entre los años 282 y 133 aC, época en que los atálidas la conviertieron en la capital de su reino, una importante potencia regional, pero, sobre todo,  un centro artístico y literario de primer orden, símbolo del helenismo, de la cultura libresca (recordemos su famosísima biblioteca rival de la de Alejandría) y de la medicina (reputadísimo fue también su Asklepion, que visitaron grandes personalidades de la Antigüedad; la ciudad fue asimismo patria de Galeno).

En cualquier caso, si por algo fue conocida la ciudad fue por el Gran Altar de Zeus, que el Apocalipsis denomina "trono de Satanás", y que, sin duda, se puede incluir  entre las grandes maravillas del Mundo Antiguo.

El origen del reino de Pérgamo hay que buscarlo entre los escombros que provocó la fragmentación del Imperio de Alejandro Magno. Las rivalidades y luchas entre los diádocos (sucesores) configurarán el mundo helenístico, de monarquías dinásticas competidoras, pero con una cultura unificada: koiné o idioma común, florecimiento de escuelas filosóficas -estoicas, epicúreas, cínicas-, sincretismo religioso y cultos mistéricos, urbanismo espectacular y formas artísticas mixtas. En este contexto y explotando las rivalidades entre Antígono, Lisímaco y Seleuco, un curtido militar macedonio, Filetero, conseguirá la independencia de la zona, instaurarando su propia dinastía, los atálidas. Sus sucesores, combatiendo con los gálatas, consolidaron el reino. Pero será la alianza con Roma contra macedonios y seléucidas lo que  permitirá a Pérgamo vivir una época dorada en la que se levantó su magnífica acrópolis remedo de la ateniense. 

Pergamo, junto a sus aliados de Roma y Rodas, derrota al Imperio Seléucida en la batalla de Magnesia. Esta victoria, sancionada en la Paz de Apamea, además de aportarle grandes riquezas,  multiplica por cinco el territorio de los atálidas, proporciona a Roma un inmeso botín de obras de arte, e incrementa también las posesiones de la isla de Rodas, que posiblemente dedicase entonces al santuario de los Grandes Dioses de Samotracia una hermosísima Victoria alada realizada en marmol de Paros.



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  • Una magnífica síntesis histórica sobre el helenismo es la obra de profesor HEINZ HEINEN, Historia del Helenismo: de Alejandro a Cleopatra, Alianza Editorial, 2007. Dividido en tres partes, en la primera se expone la conquista del Imperio Persa a cargo de Alejandro, el reparto del mismo entre sus generales (los «diádocos») tras su muerte y la fundación de sus distintas dinastías (Seléucidas, Tolomeos, Atálidas…), la expansión de romanos y partos, y el fin del último Estado helenístico: el Egipto de los Tolomeos; En la segunda parte, se presentan las regiones más importantes del mundo helenístico; La parte final se consagra a la cultura y la religión, marcadas a menudo por la fusión, a través de Grecia, del pujante Imperio Romano y las declinantes monarquías orientales.



  • Por último,  un estupendo vídeo con la reconstrucción de la acrópolis de Pérgamo: